lunes, 28 de abril de 2014

Opinar

   Opinar: dictamen o juicio sobre algo o alguien intentando así aproximarnos a la verdad, por lo tanto, un derecho que a todos nos cabe.
   La cultura de nuestro país al respecto, como en otras tantas cuestiones, es curiosa.
   Creo que en pocos lugares del planeta, a la hora de opinar, tantos habitantes estén tan seguros de lo que el otro debe hacer para que las cosas resulten, de opinar, aquí, nadie se priva. El tema del que se trate  no es lo relevante podría tratarse de.... política, educación, fútbol, medicina, digo, lo importante no es de lo que se opina sino de la forma en que se lo hace.
    La vehemencia y la absoluta convicción con la que argentinos: jardineros, dentistas, amas de casa, estudiantes, mecánicos, comerciantes, divagamos referido a temas que en su esencia desconocemos es francamente sorprendente. Indiscutiblemente nuestra herencia tenga que ver con esa facilidad con la que sin la mas mínima inhibición nos adueñamos de la verdad en temas variados, al respecto, son los taxistas porteños uno de nuestros más fieles y pintorescos exponentes.
   Una dosis, no menor, nos caracteriza en una incapacidad para escuchar al otro y saber consensuar y respetar su opinión.
   Es decir, generalmente, en lugar de dialogar, cada cual pilotea su monólogo con una certeza discursiva  que cansa y aturde y para ello basta con entrar a un cafecito en pleno centro y sentir el ruido ensordecedor en que todos discurseamos en simultáneo, opinando de lo que sea y  adueñándonos de “la justa” (es divertido apreciarlo a través de un vidrio donde lo gestual sin audio lo hace más notorio). 
    Cuenta la historia de Apeles (el considerado padre de la pintura de la edad antigua) que a pesar de su jerarquía supo aceptar con benevolencia la crítica que le hiciera al  “zapato” de  una sus pinturas, un modesto zapatero por aquellos días remotos,  más luego de enmendarla sentenció; del talón para arriba no aceptaré tu opinión de allí el famosísimo dicho; ¡Zapatero a tu zapato¡ Unos diecisiete siglos después, el exclusivo pintor de Alejandro Magno se las hubiese visto negras al escuchar a un taxista porteño, soltando juicio a troche y moche sobre lo que le venga en gana .
   Lo cierto es que el mero hecho de sentir nos avala a los humanos a expresarnos libremente sobre infinidad de asuntos, sin necesariamente ser especialistas de aquello, lo que si nos queda pendiente un doble desafío, primero aprender a  escuchar al otro, y segundo, buscar  que coincida  lo que se dice con lo que se hace, los argentinos hemos convertido en deporte nacional el opinar.

  Al fin de cuentas, doscientos años para la historia de un pueblo no es tanto como para ser maduros. Tal vez opinar sea un  buen comienzo de lo significativo que es para una cultura  participar, un derecho esencial, después de todo como yo mismo aquí lo hago  “opinar opina cualquiera”.

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