martes, 29 de abril de 2014

El valor de lo que tiene valor

 Confesiones de invierno es un ícono del rock argentino de los años 80 que en uno de sus estribillos supo cantar así: “Y la radio nos confunde a todos” Hoy es mucho más que la inocente radio lo que nos confunde. Valorar aquello que merece ser valorado es cada vez más complejo.
Me encontré hace poco un conocido muy joven que padece una enfermedad degenerativa neurológica, lo había visto pocos meses atrás perfecto y ahora una franca dificultad en el habla y en la motricidad me choqueó, él en una situación laboral y económica de privilegio, estoy seguro, estaría dispuesto a dar todo lo materialmente logrado con tal de volver a recuperar la salud perdida.
Enseguida mi hermano devolvió el caso de un conocido al que le nacieron dos hijos con hipoacusia, y de cómo su abuela, una profesional exitosa había recuperado la alegría de vivir, luego de haber invertido sus logros económicos para el desarrollo de esos nietos;
--Recupere la luz de mis ojos cuando al fin por medio de implantes cocleares ellos lograron insertarse socialmente -.
 En estos días uno de los hijos de este hermano con el que compartimos trote
celebra su “bar- mitzva”, de algún modo el equivalente judío a la comunión cristiana,
y a propósito de la charla comentaba; hoy los festejos suelen verse bastante distorsionados pero la esencia del evento se resume al momento en el cual alguna madurez  permite al joven aproximarse a la responsabilidad que se adquiere a partir de este contrato sagrado en el desempeño de  valores y ética convivencial.
Cada vez es mayor aquello que tiende a apartarnos de lo verdadero, el consumismo con sus poderosos tentáculos nos enmaraña corriéndonos de lo esencial. No debiéramos requerir grandes pérdidas  para descubrir el valor de lo que no supimos ver cuando gozábamos el privilegio de tenerlo, nadie está exento de perder lo que sea, de un momento a otro
 Mi  amigo Oscar supo tener una claridad inusual para la edad, él nunca fue precisamente un ejemplo estudiantil,  pero entendía lo que cuando niños, apenas si se percibe; con doce años tengo el  recuerdo nítido de verlo parado frente al espejo diciendo:
-          ¿No es maravilloso mirarse y poder verse? ¿Mover todos los dedos de la mano? Hablar y reírse sacudiendo  todo el cuerpo ¿No es alucinante?

Yo desde niño lo admiré  - le comentaba a mi hermano- por esa sabiduría  precoz  con la  que me supo contagiar. Esa sana alegría, como la que ahora siento, mientras trotando charlamos justamente de esto, el no dejar nunca y por ningún motivo de valorar aquello que de verdad, vale la pena valorar.

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