martes, 29 de abril de 2008

Calzada Carioca sin censura

     Caminando un domingo por las famosas playas de Río de Janeiro, el día más concurrido de la semana,  me impactó la multiplicidad racial que este monumental Brasil ha conquistado, una vez más,  una  sinfonía de  matices así lo reflejaba en la cotizada Ipanema. Entre muchos, llamaba la atención un  grupo de jóvenes negros de humilde condición  que se mezclaban con la paquetería circundante jugando efusivamente en su espacio ya conquistado.
 -¿Qué es peor la discriminación que viene de afuera o la auto-discriminación? – le pregunté una vez a una mujer negra que trabajaba en la embajada del Brasil aquí en Argentina .
-La segunda, no tenga dudas respondió; cuando fui joven y buscaba trabajo en los clasificados del diario leía: se necesita secretaria ejecutiva para importante empresa, imprescindible buena presencia.....  yo no iba,  estaba segura de no tenerla, soy negra pensaba por aquellos días. Esto ya no acontece  con mis hijas, ellas no padecen  esta absurda forma de auto discriminación. Pero claro que las cosas no ocurren por que sí; los negros fueron luchando por sus derechos en pos de conquistar su espacio social,  fue así como se consiguió.
   Por  estos días, me alojé en lo de una familia amiga (el valor de la renta aquí me impedía hacerlo de otro modo). El portero un muy simpático joven de raza negra me hacia sentir en casa y era el mismo con quien compartíamos el futbol playa al terminar su jornada laboral en este amalgamado país que hoy así lo permite.
                        Alguien me explicó una vez que la particular calzada peatonal blanquinegra que bordea todas las playas de Río de Janeiro fue diseñada con ambos colores como un reflejo convivencial  entre blancos y negros que por aquí pisan. No se qué hay de cierto en la historia (tal vez fue sólo una importación formal de la colonización portuguesa). Si bien es real que muchos días sentimos impotencia al ver que nada es suficiente contra el poder y la discriminación, este domingo, caminando serenamente por la avenida del mar carioca, nada logró empañarme el optimismo: la mezcolanza racial, el fútbol playero con Joan (el portero) a la vera del mar,  y el inigualable sol ipanemense como testigo, me daban mucha alegría. Fue más que nada el particular veredín blanquinegro del paseo marítimo enmarcándolo todo, como metáfora, el que me  insuflaba esperanza, ese particular embaldosado brazuca que al pisarse nos une a todos.
    No quiero sembrar ingenuidad en medio de tanto caos al que nos tenemos tan acostumbrados, incluso aquí en la cidade maravillhosa, pero es innegable que hay algo de cierto en esto que repiten exageradamente los habitantes de este coloso país;  la alegría es brasilera.

Quienes por aquí hemos pasado se nos hace fácil sentirlo, esta particular y singular brasileña dignidad.

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